Léase en 25 años. Por: Julio Santoyo Guerrero.

Por: Julio Santoyo Guerrero

La pregunta existencial que la humanidad deberá intentar resolver con urgencia en los tiempos que corren tiene apuros dramáticos: ¿qué hacer para que la especie sapiens no se extinga como consecuencia de agotar los ecosistemas que han sustentado su existencia por cientos de miles de años?

Nunca había tenido tanta actualidad esta pregunta existencial como ahora en la época en que el desarrollo científico técnico ha alcanzado fronteras inimaginables. Tenemos avances notables en el desciframiento del genoma humano y el de otras especies animales y vegetales que pueden modificar las expectativas en la creación de alimentos y ampliar, como nunca, las esperanzas de vida.

Se afirma que en los próximos años estaremos arribando a la “singularidad”, ese momento en que la ciencia estará en condiciones de generar inteligencia artificial al mismo nivel que la inteligencia humana.

Sin embargo, a la vez que llegamos a esta etapa que debería ser esperanzadora, nos enfrentamos a una realidad determinada por una amarga paradoja: titánicos conocimientos, resultado de siglos de avance, para una especie que ha agotado su ecosistema, el planeta, y ha precipitado su propia destrucción.

Hace algunas décadas la pregunta sobre qué debe hacer la humanidad para evitar su extinción no tenía mucho sentido más que en el contexto de la literatura de ciencia ficción. Pero, como suele ocurrir, la literatura se anticipa o prevé escenarios que el mundo de la política no se atreve a imaginar.

En la segunda década del siglo XXI esa pregunta existencial no puede ser considerada banal o falaz, todo lo contrario, es por completo pertinente y de obligado abordaje. De la manera en que demos respuesta a tal cuestionamiento dependerá nuestra suerte como especie.

La respuesta deberá, de manera necesaria, ser crítica del modo en que funciona nuestra economía, del modo en que se hace la política y funcionan los gobiernos, de las capacidades y cultura que forman los sistemas educativos, del contenido de las ideologías y creencias que se promueven para otorgarle un sentido a la existencia de nuestras sociedades, y sobre todo, el para qué de la vida de quienes estamos en el mundo, es decir, cuál es el sentido de nuestra existencia, como especie, aquí y ahora.

Las civilizaciones contemporáneas no pueden dar por sentado un equilibrio naturaleza-sapiens, como si este no se deteriorara de manera crítica cada día ante la intervención humana en zonas hasta donde jamás se había llegado. El equilibrio se viene haciendo añicos de manera progresiva. Cada día sumamos una fractura de equilibrios.

En dos siglos la suma de desequilibrios ha propiciado, nada más y nada menos que el cambio climático, atrás del cual están anomalías delicadas como la desaparición de bosques y selvas, la extinción de especies, la contaminación de tierras, aguas y aire, el deshielo de glaciares, la modificación de los patrones climáticos, o el incremento de estrés hídrico en todos los continentes.

En dos siglos hemos actuado en apego a una visión antropocéntrica, asumiendo que el planeta estaba hecho para nuestro disfrute y dejando de lado lo que hoy queda al descubierto, que era nuestra casa la que estábamos destrozando y dilapidando. Seguimos agotando el planeta con la misma velocidad que estamos agotando nuestro tiempo de sobrevivencia.

Por eso la pertinencia de la pregunta. Los contenidos filosóficos, éticos, científicos, técnicos y políticos, con que deba estructurarse la respuesta, es seguro que irán a contra viento de los discursos existenciales que justifican la manera en que nos hemos relacionado hasta ahora con ese otro que desdeñamos, el mundo natural.

Es a contra viento porque para que los sapiens sigan existiendo la economía tendrá que mudar varios supuestos, el primero la sustentabilidad, otro más, la vorágine del consumo. Y será imprescindible que se modifiquen las creencias y las ideologías que justifican el ecocidio como virtud de la razón y el progreso.

Hemos sabido de la extinción de innumerables especies por razones diversas, ¿qué nos hace pensar que la especie humana no está en esa ruta? Sobre todo, si tenemos a la vista un inventario enorme de eventos destructivos promovidos y patrocinados por nosotros mismos.

Con seguridad dentro de 25 años esta pregunta quede instituida como obligatoria. Será entonces un esfuerzo desesperado para impulsar la propositividad de los mejores talentos de la filosofía y la ciencia para superar el riesgo de la extinción. Ojalá encontremos las respuestas.

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